¿Glorias del Ejército? “La matanza de La Coruña”

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La prensa popular habló de 2.000 muertos en la masacre, para los diplomáticos ingleses, fueron entre 600 y 800, lo cierto es que la cifra es desconocida, no hubo investigación del gobierno luego de haberles dado muerte, la matanza fue tal, que el caliche se tiñó de la sangre obrera.

 

Recién corrían los primeros días de junio de 1925, Arturo Alessandri había vuelto en marzo luego que la segunda junta militar abogó por su regreso. El norte se había agitado y la pampa sufría momentos de sublevación e insurgencia. Los trabajadores del salitre de las distintas oficinas salitreras se venían declarando en huelga y los ánimos invitaban a movilizarse, la efervescencia que registró la pampa esos días levantaba el polvo pampino, la idea de la huelga general tomaba fuerzas.

 

La Federación Obrera de Chile demandaba por la estatización del salitre, las huelgas y las demandas por mejoras en las condiciones laborales fueron focos de constantes disputas, se luchaba por reducir la extensa jornada laboral y la explotación del obrero del caliche. El periódico comunista “El despertar de los Trabajadores” fomentó la organización y la toma del poder. “El Surco”, otro periódico de corte anarquista más el periódico comunista fueron clausurados y los dirigentes resultaron detenidos y encarcelados, la mayoría fueron enviados a Valparaíso desintegrando la orgánica periodística. La FOCH ante lo ocurrido y el crispado ánimo de la pampa, decidió convocar a un paro general, las concentraciones en Huara registraron enfrentamientos entre obreros y fuerzas policiales, 2 policías resultaron muertos. Comenzaba a encenderse la mecha.

 

 

El intendente de la Provincia con evidente preocupación enviaba una avanzada de militares del Regimiento Carampangue a las desérticas arenas, su misión era mantener el orden costara lo que costara, Recaredo Amengual había solicitado refuerzos al gobierno central, la Armada presente en la provincia, movilizaba contingente desde el puerto de Iquique. A Santiago las noticias llegaron en alarmante tono. “Coronel, la “revolución soviética” ha estallado en el norte, necesitamos apoyo militar”.

 

La gravedad aumentaba, la impaciencia se hacía ver. Estado de sitio, declaremos estado de sitio gritó Carlos Ibañez del Campo. Un desmemoriado Alessandri olvidaba lo escrito en su memoria académica para la Universidad de Chile, donde denunciaba las condiciones en las que vivían los sectores populares, esta vez no le importó y le dio la espalda al pueblo que defendió alguna vez, dejaron de ser su prioridad, la masacre contaría con su consentimiento.

 

Mejillones, Pisagua e Iquique recibieron a las tropas armadas, cargados y con mente fría se dispusieron a subir, a mitad de la Pampa se unieron con la avanzada y siguieron juntos hacia su objetivo.

 

La Coruña, se encontraba enclavada en la asoleada pampa del Tamarugal, en aquel tiempo superaba las 2.000 personas que vivían en los precarios campamentos. La miseria y las pésimas condiciones laborales se vivían de sol a sol, a pesar de todo, los niños y niñas envueltos en la inocencia, jugaban y reían,  pronto su destino cambiaría irreversiblemente.

 

El 3 de junio de 1925 los trabajadores de La Coruña ingresaron por la fuerza a la oficina de Administración, redujeron a sus ocupantes, el Administrador de origen español, fue asesinado por los obreros más radicales. Se encaminaron a la Pulpería, y realizaron la misma operación, todos los alimentos fueron repartidos entre las familias. La Coruña estaba en huelga y se tomaba la oficina por la fuerza, la sublevación era real, y prontamente acabarían siendo tomadas 124 salitreras, el puerto de Iquique paro sus operaciones, los ferroviarios se unieron a las movilizaciones y Tarapacá se transformaría en un campo de lucha.

 

La milicia y los escuadrones de artillería llegaron el 5 de junio, con la estrategia pensada tomaron posiciones desde todos los puntos visibles de la pampa. Los trabajadores sabían que llegarían y los esperaron acuartelados en diferentes lugares al interior de la oficina, escondidos entre latones y maderas esperaron por ellos. La dinamita dentro de  tarros reutilizados serían las granadas para distancia, tenían algunos fusiles y mucho coraje.

 

No hubo piedad, desde la trinchera militar caían y caían las verdaderas granadas, les explotaban en sus rostros, a escasos metros destrozando sus cuerpos, las balas volaban cortando el viento y el polvo hasta impactar en sus espaldas, el fuego de las granadas corrió raudo hasta las bodegas del caliche y la pampa se encendió, la resistencia se hacía difícil y los cuerpos que huían despavoridos, eran abatidos desde lo lejos, como palomas en el aire, al palomeo le llamaban los oficiales.

 

 

Niños, niñas, mujeres y hombres, nadie se salvó, no importaron las banderas blancas que asomaban al viento. Las balas y las explosiones no se detuvieron hasta que no quedó nadie vivo, nadie. La sangre obrera derramada saturaba la arena, el polvo que olía a sangre se mezclaba con el humo del fuego que acabó con las precarias viviendas de los obreros. La muerte y la traición del ejército chileno colonizó la pampa a fuego y balas, dispararon contra sus propios compatriotas, el ejército no sufrió bajas. En Santiago, Alessandri recibió las noticias, la sublevación y las demandas obreras,  acabaron con una de las olvidadas masacres de la pampa calichera, la “matanza de La Coruña”.

 

 

 

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