Un jugador extemporáneo: Taking Le Tiss

Por Diego Torres

#Sócrates

 

 

Resultado de imagen para taking the tiss bookLas islas del canal son un conjunto de islas ubicadas en el canal de la mancha. Muchos nombres más intuitivos no hay, excepto, quizá, por la parte de la mancha, que se refiere al canal del mismo nombre. En español y en francés se conoce al Canal de la Mancha como eso, como Canal de la Mancha (o La Mancha a secas), pero en Inglaterra es llamado English Channel; ni Inglaterra ni Francia quieren dar una señal de debilidad. Y estas islas son una especie de terreno de nadie: pese a ser dependientes de la corona británica, no forman parte del Reino Unido, y tienen un cierto grado de autodeterminación con respecto a lo que decide el parlamento inglés. Que sean “posesión” inglesa y no francesa, pese a estar a menos de veinte millas de la costa de Normandía, cuenta un poco de la historia de rivalidades entre ambos países. En ese pequeño archipiélago, viven 150 mil personas repartidas en las islas de Jersey (nombre en inglés) y Guernsey (nombre en francés), además de otro par de islitas menores. Y, a diferencia de casi todas las otras ciudades inglesas, solo un puñado de sus habitantes ha llegado a ser futbolista profesional: quizá los más reconocidos son Graeme Le Saux, quien llegó a ser lateral derecho del Chelsea y de la selección inglesa; y Matthew Le Tissier, un jugador de culto y de quien hablaremos a continuación, tomando como base su autobiografía: Taking Le Tiss.

 

Probablemente hayan escuchado de Le Tissier alguna vez. Jugó en la Premier League, cuna del fútbol millonario, entre 1986 y 2002, justo en los tiempos en los que comenzaba a hacerse conocido el fútbol inglés por estos lados, gracias a la masificación de la televisión por cable. Tenía una técnica tremenda y era aficionado a clavarla en un ángulo desde cualquier parte (es cosa de buscar Le Tissier goals en Google y darle play a cualquiera de los videos que aparecen). Viéndolo dos o tres minutos y recordando lo relativamente poco competitiva que era la selección inglesa de esos años, nos parece extraño que no haya tenido mayor reconocimiento -o fama, como quiera llamarlo-. Parece difícil de entender, aunque hay cosas que se explican fuera de las lógicas comunes. Porque sí, Matthew Le Tissier era un privilegiado con la pelota en los pies, al nivel de haber sido comparado con Gascoigne, de quien fue contemporáneo. Y, para un inglés, comparar a alguien con Gazza, semifinalista del mundial de 1990, no es cualquier cosa. Menos todavía si aquel que es objeto de dicha comparación estuvo toda su vida peleando el descenso. Sí: Matthew Le Tissier jugó toda su carrera en el Southampton, club cuyo mayor logro es haber terminado en segundo lugar de la máxima división en la temporada 83-84.

 

 

Pensemos a Le Tissier desde su contexto. Siendo el menor de cuatro hermanos, creció toda su vida en Guernsey, en la que, como en muchas otras islas, el sentimiento de comunidad cerrada se ve potenciado. Por ejemplo, los viajes a la isla grande (Inglaterra) eran raros y con fines específicos (cuenta en el libro que su padre viajaba una vez al año a ver la final de la Copa FA). Todos los hijos del clan Le Tissier eran técnicamente muy buenos para el fútbol y más de alguno tuvo ofertas profesionales (el Oxford FC, en particular, trató de atraer tanto a Matt como a Kevin, uno de sus hermanos mayores, en algún momento de su juventud), pero todos, excepto Matt, prefirieron mantenerse en su ciudad natal.

 

Matt, hincha del Tottenham como su padre, recibió una oferta del Southampton un par de años después de la realizada por el Oxford. Puede haber sido factor el acompañamiento del club, que le permitió terminar la escuela en Guernsey antes de partir a jugar. Es curioso que algo que parecería de sentido común -permitir a un chico terminar la escuela- sea ensalzado, pero es una actitud que contrasta fuertemente con las prácticas actuales de los equipos más importantes del mundo, literalmente comprando niños de nueve o diez años para convertirlos en futuras nuevas estrellas. Sus primeros años, como reserva primero y como titular un tiempo después, mostraron de lo que era capaz este muchacho gordinflón y algo flojo, y sus actuaciones semana a semana llamaron la atención de otros equipos que querían contar con él: Chelsea, Tottenham, incluso la selección francesa (los jugadores de las islas del canal pueden optar a jugar por Inglaterra o Francia), pero prefirió la comodidad que le daban los Santos, rechazando importantes aumentos de sueldo. La comodidad a la que se refiere es, en sus propias palabras, mantener su vida privada como privada, tener la libertad de que el equipo jugara para él, con poder manejar los tiempos de entrenamiento y dieta (si se le puede decir dieta a desayunar todos los días en McDonalds) a su antojo, y esa comodidad, definida así, no se la iba a dar un equipo con las exigencias de un club grande. Prefirió no cambiar su esencia por posibles títulos.

 

También es importante decir que, pese a él mismo decir que era hincha del Tottenham cuando pequeño, el cariño por su cuadro actual se desarrollaba día a día y con fuerza; no cualquiera rechaza una oferta del equipo al que apoyaba durante su infancia. Cabe decir que hoy es hincha acérrimo de los Santos.

 

Tal vez podemos añadir otro factor que convierte a Le Tissier en la figura en que se ha convertido con el tiempo: sus ambiciones. Desde pequeño, cuenta, sus deseos fueron llegar a la selección inglesa y jugar en la primera división del mismo país. Nunca se imaginó como campeón, ni llegando al extranjero. Ambos sueños fueron cumplidos a los 26 años, aunque su paso por el equipo de los tres leones fue más amargo que dulce: pese al abrumador apoyo popular, quedó fuera de los planteles mundialistas de 1990 y 1998, así como de las clasificatorias de 1994. Claramente llenarse de dinero no estaba entre sus metas. Según sus propias palabras, su mayor sueldo fueron casi cuatro mil libras a la semana en su último año de contrato, un poco menos de trescientos mil dólares al año (más o menos 350 mil euros anuales). Estamos hablando del año 2002. Para ese año, Francesco Totti, otro hombre de un solo club, estaba ganando 4.5 millones de euros por temporada. Es que es más fácil tenerle amor desmedido a los colores cuando te pagan un dineral.

 

No hay una sola opinión sobre Matthew Le Tissier. Todos concuerdan en que era técnicamente espectacular, pero mientras más nos alejamos de la ciudad de Southampton, la idolatría por su figura se difumina y comienzan a aparecer voces discordantes: falta de ambición, falta de ganas, pereza, un desperdicio de talento. Sobre esas opiniones, él se pregunta que qué es la falta de ambición, si logró todos sus sueños a la edad de 26 años. Si no es ambicioso alguien que deja todo de lado por mantenerse en el primer nivel y se gana la idolatría de una ciudad completa gracias a lo que sabe hacer. Quizá por eso sea tan atrayente su persona: porque nos cuestiona aquello que damos siempre por sentado, cuestionando, a su vez, las lógicas del mercado que campean a sus anchas en el fútbol. Porque prefirió mantener su vida privada como privada en vez de un montón de billetes (ni siquiera en este libro se refiere a su familia, salvo pequeños pasajes para contextualizar temporalmente los hechos). Porque prefirió salvar a los suyos una y otra y otra vez en vez de escapar a la primera llamada que lo tendría a él en un equipo mejor y, seguramente, con más dinero. Porque eso era el Southampton para él: los suyos, tanto sus compañeros como los hinchas; no el equipo más pobre de la primera división, solo su segunda familia. Porque hizo el último gol en el mítico estadio The Dell, antes de que el Sotton se fuera a otro nuevo y más grande, pero sin historia. Porque le pareció una buena idea revelar en la primera edición de su libro que había intentado amañar apuestas en un partido en el que jugó, apostando el minuto del primer lateral del partido. Porque en la segunda edición, en vez de pedir disculpas y remover el capítulo -que estaba siendo investigado por el departamento de fraudes-, se preguntó por qué había causado tanto revuelo algo tan pequeño. Porque la policía de la ciudad desestimó el caso por falta de interés público. Porque, dice el mito, en la carretera a la entrada de Southampton hay un letrero que reza (en inglés, claramente) “Bienvenido a las tierras de Le God”. Porque ese mito, por muy disparatado que suene, nos parece creíble después de conocerlo. Porque es el triunfo del antihéroe. Porque es uno de nosotros, que vivimos a nuestros clubes todos los días y tampoco encajamos con los tiempos que nos tocaron.

 

Probablemente este no sea el mejor libro jamás escrito (el escritor fantasma fue un periodista del diario local). Probablemente la historia podría haberse contado de mil maneras distintas, varias de ellas mejores. Quizás en la pluma de Norman Mailer esto habría sido de Pulitzer, aunque habría que vencer la dificultad de lo poco que le interesaba a Mailer el fútbol. No importa. Este libro, Taking Le Tiss, la autobiografía de Matt Le Tissier, es una de esas historias que deben ser contadas y deben ser leídas.

 

 

 

 

Imagen extraída de ar.pinterest.com

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